lunes 7 de junio de 2010

En remojo

Como me mola el globo de Bob Esponja. Creo que para la Compra le pido uno a mi chica. Y es que ni el moñigote amarillo que vive en una piña en el fondo del mar se pierde una en Valonsadero y menos, por supuesto, el Lavalenguas, fiesta que por sí sola es de lo mejor que hay en este país de fiestafiesta. Antes, tomé fuerzas con un copioso almuerzo a base de cerdo, vinazo del tío Mendo, la pitusa, unos patxaranes y buena compañía, para que el día de juerga no hiciera mella en este delicado cuerpo colmado de colesterol y triglicéridos. Hizo calor, mucho calor, debajo de las lonas de los chiringuitos, fuera de ellas, así que no quedó más remedio que refrescar el cuerpo por dentro y por fuera, remangarse los pantalones y empezar a retratar al personal para que sus madres, novios ausentes y demás conocidos vieran, al día siguiente, qué bien se lo pasan los chiquillos en un día de campo pre-sanjuanero. Todo productos naturales, cervezas, kalimotxos, unas alubias y agua bien fría por los cogotes, escotes y nucas desprevenidas. Que los golpes de calor son muy malos.
Después de varias tandas de cerveza va cerveza viene, hubo que sacar unas fotos a los toros. Están vagos este año y no tienen ganas de envestir a nadie. Debe ser por la crisis.
Pero lo mejor estaba aún por llegar. El sábado 5 de junio de 2010, festividad del Lavalenguas, fuimos capaces de batir el récord mundial de la mayor concentración de seres humanos dándose una ducha y baños de lodo, todos a la vez y en el campo, que eso es lo complicado. Al mismo tiempo, dimos comienzo al segundo certamen de Miss Camiseta Mojada, con gran acogida. Toda esta agua no hizo que la fiesta acabara, más bien todo lo contrario. El agua animó a la gente aún más y eso que cayó un mini diluvio sanjuanero más propio de un Lunes de Bailas. Para salvar la cámara, no hubo más remedio que meterse debajo de un camión con un buen puñado de empapados, calados, chipiados. También por dentro.
Se fue la nube y quedó el barro, que esta vez olía más raro aún, a un aroma familiar. Y nos fuimos embarrando de chiringuito en chiringuito y al Chicote, a ciegas, pisando charcos sin darle importancia, hundiéndonos en el barro sin problemas.
Dieron las tantas, con el barro hasta las rodillas, con las zapatillas blancas, con un nuevo color y un olor indefinibles. Hay ganas de que llegue la Compra, porque eso querrá decir que San Juan ya resopla impaciente en su esquina del calendario. Por cierto, de nuevo aventura para encontrar el coche. No aprendo.